mi silla tiene oídos, tímpanos y cóclea.


Hoy me levante de madrugada porque me estaba haciendo pis. Y cuando me quise volver a dormir, un deseo se prendió en mi.

Así que acá estoy escribiendo con la salida del sol a mis espaldas y el fresco entrando por mi ventana.

Que alguien me preste un oído.

Casi como un sueño, sentí las ganas desenfrenadas de bajar de mi cama, sentarme en el suelo, apoyar mi espalda en el canapé y estrujarme en serie.

La silla de mi escritorio me escucha atenta. Y a ella le cuento con lujo de detalles todo lo que siento que nadie me preguntó, o qué nunca pude contar.

 Me mira y escucha, no se harta ni le da igual.

Le encanta lo que le digo y siempre me pide que ahonde y desarrolle para poder así, comprenderme un poquito más.

Yo contento noooooo  ppppppparo de hablarrrrrrrr

hasta que la madera en la cervical empieza a incomodarme.

Sin ánimos de terminar la charla, por el contrario, la invito a la silla a que me acompañe al baño y espere ahí sentada mientras yo me doy una ducha (mi lengua no se queda quieta)

En el vapor condensado vuelan sentimientos, miedos, sueños, amores, vivencias y secretos.

Ella transpira mientras yo me seco con la toalla.

Sin escalas, de la ducha pasamos a la cocina. El ruido del agua hirviendo delata que la conversación sigue apretando el acelerador. La silla me sigue escuchando y yo sigo expulsando una seguidilla de palabras hasta que los pulmones se me encogen quedando pequeños como una nuez.

Me despierto respirando profundo, como ahogado.

La silla es una silla, y yo aún tengo un mar de cosas que quiero contar. A alguien que genuinamente quiera escucharme, claro.


y ahora ¿cómo vuelvo a dormirme?

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