el ébano grisáceo combina con el pálido rojizo.

 el ébano grisáceo combina con el pálido rojizo. 

inspiración sonora: boys will be bugs 



Cuando el sol empieza a pegar de izquierda a derecha directo en la fronda, corro hasta la parte más baja de la colina y me recuesto en la linde de un árbol. 

El tronco del abeto es particularmente cómodo para mi espalda. En él me dejo derramar. 

Llevo un libro -simbólico- pues siempre me quedo absorto por mi alrededor. 

A lo lejos veo dos niños, muy diferentes entre sí.

Uno de ellos tiene la piel roja y sudada, puedo sentir su temperatura incluso desde el otro lado de la cerca.

Tiene manchas de verde pasto en las rodillas entremezclados con sangre y costras de piel seca intentando cicatrizar.

Sus codos están cubiertos de barro seco pero él ni se mosquea. 

Se mueve mucho el niño, juega con palos, rocas e insectos. Ni se percató que yo estoy aquí.

Se emociona el niño, llora y grita. Es apasionado y salta sin parar.

Corre y canta. Canta fuerte. En un idioma inventado, saca la lengua y gesticula.

Va comiendo bayas que encuentra en el suelo, guarda algunas, unas pocas en el reverso de su camiseta blanca.

Y camina tambaleándose hasta el pozo de agua donde está el otro niño mojando un pie.

Le da las bayas y se va corriendo con euforia, su camiseta ya no blanca -entre malva y amaranto- por el jugo y rastro de las bayas aplastadas. 

El otro niño va al compás del agua del tanque. No cinético.

Está pulcro, tiene un overol amarillo cadmio que contrasta con su tez oscura.

Tiene la cabeza gacha y con sus manitos busca ramas. Antes de agarrarlas las inspecciona y meticulosamente separa a la distancia aquellas que tienen espinas. Juega con trocitos de piñas y palos secos. Mira mucho a su alrededor, me ve con miedo y pudor, vuelve a bajar la cabeza. El desea que los palitos sean en muñecas y -por ende- se las imagina y las ve. 

Busca plumas y raíces en secreto para  hacer sus grandes melenas, y superpone hojitas para crear sus vestidos.

El me ve que estoy aquí, me doy cuenta por cómo se mueve, y por cómo se gira para darme la espalda.   

El niño silvestre de ojos verdes, de vez en cuando se acerca y se asegura de que el otro esté bien, esté ahí. 

Ellos se miran y se sonríen.

Yo doy una bocanada de aire.

El niño saca el pie del estanque y se lo seca con tranquilidad. Va sin hacer ruido a buscar al otro niño y sin necesidad de palabras, lo invita a bailar. Juntan sus manos, una mojada. La otra pegajosa de savia. 

Y danzan juntos al ritmo del follaje de los abetos que se balancean con el viento, el sol y los insectos.

La conífera comienza a despertarme con un dolor punzante en la lumbar.

Los muchachitos van desapareciendo a medida que yo voy aclarando la vista y dejando atrás las estrellitas y destellos. 



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