codos de barro.

 Y fue en ese momento en que nos miramos, nunca me había apartado así del latido de mi corazón, de mi propio pulso. Me sentía entumecido frente a tan profunda belleza. Tan absorto que olvidé pestañar y mi lacrimal se lleno por completo. 

Estaba emocionado y abrazado por una delicadeza y paz tan utópicas que las comisuras se elevaron inconscientes. 

Te acercaste, mi estómago se torció aún más. 

Comenzaste a recorrer mis clavículas con la punta de tu dedo, yema tibia suavizando cada hueso sobresalido hasta llegar a los labios. 

Estaba en una vorágine tan desenfrenada de placer que no me importó sentir la tierra en tus manos y el verde en tus nudillos.

Me abrí al placer. Y en ese camino en subida, el tacto se convirtió en una experiencia sensitiva extáctica. Mis poros se ensancharon tanto que sentía que iba a explotar.

Subiste.

Tu nariz se tocó con la mía, las acariciamos brevemente. Espeleología nasal.

Encontrar lo bello en un tabique desviado y en unas fosas disparejas.

No podía evitar quedar atónito frente a tan sutiles pecas. Por un momento sentí la necesidad de comérmelas (lo que hubiera sido extraño) (extraño y caníbal) 

Me agarraste de la barbilla y me guiaste. Porque sabías que había perdido el rumbo y la total orientación. 

Sentí la calidez abrasadora de tu aliento, tenías la boca abierta, así que te copié.

Primera vez que tuve la iniciativa (reconocelo) Abrí la boca y saqué mi lengua. Temblorosa por demás, pero decidida. Fui desde la nuez de tu cuello hasta tu filtrum labial, áspero y rudo culpa del bigote.

Suspiramos al mismo tiempo. 




Torciste la cara casi 180 grados y comenzaste a reír. Yo te di la espalda y me recosté en la pradera. Sentía pudor, pudor y ternura. Chispas.

Corté una de las hierbas que nos rodeaban y la pase por mi boca para no demostrar vergüenza. 

Silencio. 

Te fuiste, y no hacía falta que te despidieras. Estaba implícito que lo nuestro iba a ser efímero. 

Y yo permanecí, intentado comprender todo lo que había ocurrido. 



A veces vuelvo a la pradera, a mancharme los codos de barro a propósito y retozar.

recuerdo.

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