¡later!

 Me dolió.

Me gustaba que me leyese la mente.

Algo-por-lo-que-morir.

Cuando lo único que quería era piel, tan sólo piel. 

Me gustaba como nuestras mentes parecían trabajar de forma paralela y, de manera instantánea. 

Todo esto comenzó el verano en el que Oliver llegó a nuestra casa. Está grabado en cada canción que sonó aquel verano, en cada novela que leí durante su estancia y después en cualquier cosa, desde el olor del romero en los días calurosos, hasta el ruido frenético de las cigarras por las tardes. Los sonidos y olores con los que he crecido y que conozco de cada año de mi vida, de repente se volvieron en mi contra y adquirieron un cariz tintado por lo ocurrido aquel verano. 

Me deleitaba que nuestros pies coordinasen dejando nuestras huellas en una arena a la que tenía la intención de volver y, en secreto, colocar mi pie en el lugar donde él dejó su marca.

Estábamos (y él debió de haber reconocido las señales mucho antes que yo) ligando.

PD: no estamos compuestos para un solo instrumento; ni yo, ni tú.

Fuego.

Una aspiradora te ha succionado cualquier materia viva de tu interior y te ha secado la boca.

Pánico. 

Arrástrame.

Volver a casa como cuando todo se derrumba y te das cuenta de que durante diecisiete años has estado toqueteando las combinaciones erróneas.

Descubren sensaciones que no sabían que existían y que producen placeres muchísimo más perturbadores que los que se consiguen en solitario.

El silencio me ponía en evidencia.

No pares.

Amoldarme a su cuerpo.

El desvanecimiento.

Y, si no puedes decir sí, tampoco digas no, di luego.

Por favor pregúntamelo una vez más, y después otra vez. 

Fuego.

El verano en que aprendí a amar la pesca, porque él lo hacía. 

Con la promesa de impregnarse de un aroma a piel y sudor que me la ponía dura con tan sólo pensarlo.

Mirarle fijamente al cuello con la estrella y el revelador amuleto era como observar algo eterno, ancestral, inmortal en mí, en él, en ambos. 

Estaba demasiado cohibido, como alguien que intenta actuar de forma natural mientras camina desnudo por un vestuario cunado al final en lo único que se fija es en su propia desnudez. 

Se sentía a gusto también con las críticas.

Este chico de veinticuatro años, terco pero acomodado, tranquilo, al que todo le resbalaba, imperturbable e incorruptible, a quien le parecían bien tantas cosas en la vida, era, de hecho, un analizador de personas y situaciones, frío, sagaz y siempre en alerta máxima. 

Toda esa situación me excitó. 

Ulliva, Ulliva, Ulliva—it was Oliver calling me by his name when he’d imitate its transmogrified sound as spoken by Mafalda and Anchise;

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