lágrimas de arcilla.

 


Frío

 

Se podía sentir en los dedos del pie que el invierno se estaba acercando cada vez más. Una parte de mí sonríe, el invierno es solitario y oscuro, casi como yo. La otra solo llora.

 

Este año me propuse a independizarme. Vivir en casa de mi hermana no me deja ser yo.

 

La paso mejor tomando clases, o en el trabajo, vivir en un monoambiente con ella, su prometido metalero y sus mellizos es como no vivir.

 

Veo al diablo cada vez que Eric se queda hasta hartas horas practicando en su batería los nuevos temas que compuso su banda.

 

Emanciparme. Creo que es uno de los primeros objetivos que cumplo, pues mañana sale mi tren rumbo a un pueblo perdido al norte.

 

Soy de esos supersticiosos que buscan señales sin parar en todos lados. Hace unas semanas fui a un café con el objetivo de hacer tiempo para entrar a mi seminario de escultura y mientras esperaba que me tomaran el pedido me puse a leer un diario que había quedado en la mesa. En rojo y letra itálica se pedía con urgencia un escultor dispuesto a curar las piezas antiguas de una madame reconocida de un pueblito inhóspito y sombrío en las lindes de un bosque de pinos, con hospedaje, comida y aseo incluido. Exhorto y dopado por la página del diario, me interrumpe de pronto el camarero dejando en la esquina de la mesa una taza de color rojo.

 

La vida me estaba dejando pistas, señales, no me cabían dudas.

 

Terminé mi cortado sin azúcar, y cuando me acerca la cuenta, estaba escrita en itálicas.

 

Dejé un par de monedas de más, arranqué la hoja del diario y volé hasta mi clase.

 

Mi mente no dejaba de pensar. Es una experiencia inigualable, estar de titular manteniendo la piedra de las obras de una gran referente, vivir en un taller y por fin solo.

 

Por la noche hice una llamada y acá estoy ahora, con las maletas en el porche y los nervios a punto de explotar en mi garganta. Noche interminable, larga y ruidosa. No porque en el monoambiente haya ruido, puedo decir que fue una de las noches más silenciosas. El problema es mi cabeza, no paraba de pensar, de hacer caos.

 

Hoy ya con solo un par de horas para llegar a la estación, me despedí de mi hermana. Podía ver el alivio marcado en su cara, está bien, la entiendo. Nos abrazamos fuerte y me fui, con mis ojeras, mi maleta y mi bolso lleno de herramientas.

 

 

 

Estación B3, Estación B3

 

Una vez arriba del tren, elegí ponerme en la butaca pegada a la ventana, me acerqué y expulse con fuerza mi aliento, quedó el vidrio empañado asique enseguida lo borré con la manga de mi tapado.

 

Pies estirados arriba de las valijas y manos en el libro que estaba a punto de terminar. Esperé para leerlo especialmente en este momento. No encuentro otra forma eficaz de matar el tiempo.

 

Dormí.

 

Para acelerar las horas, puse una de las sesiones de Elle Fitzgerald en mi grabador portátil, últimamente estoy obsesionado con ella.

 

Dormí.

 

En los parlantes del vagón, sonaba que estábamos próximos a mi parada indicada.  Gretna Green. Pueblo de pocas cuadras de extensión y una población casi anciana en su totalidad.

 

Me estiré y me tembló un poco el cuerpo. Agarré mis equipajes y me puse la bufanda de lado a lado.

 

Apenas apoyé la suela de mi borcego en Gretna, el cielo se oscureció, las nubes estaban condensadas por demás y la niebla acortaba la visibilidad a un cincuenta por ciento.

 

Sentado en uno de los bancos de hierro, un señor alto y esquelético sostenía con las manos cubiertas de blancos guantes un cartel con mi apellido escrito en cursiva.

 

Me acerqué y sin muchas palabras ni entusiasmo me llevó en un coche funerario hasta las afueras del pueblo, entrada del palacete de Madame Burds. Me dio escalofríos.

 

Estaba temblando, no de frío, si no de nervios, o quizás de frío también (y eso que el invierno todavía no había empezado).

 

Volví a tirar mi aliento contra la ventanilla, esta vez recibí del espejo retrovisor una mirada fulminante del chofer, asique opte por pasar disimuladamente mi manga de nuevo. El paisaje era verde oscuro, cordón extenso de pinos de tamaños indescriptibles y una niebla abrumadora.

 

 

 

Mansión Burds

 

Atravesamos la reja alta de un color verde oxidado y estacionamos en la puerta de la morada.

 

Los ojos me empezaron a lagrimear, tomé mis cosas y antes de que alcance a tocar la puerta de reforzados tablones, la abre una de las amas de llaves con una sonrisa de oreja a oreja.

 

Nunca me había sentido tan bien recibido. Me sonrojé.

 

De las escaleras, bajaba como una estrella de cine Madame Burds, Gretel Burds, artista plástica y escultora contemporánea. De baja estatura y curvas pronunciadas  Vestida de terciopelo color petróleo, joyas en dorado y un peculiar y extravagante maquillaje. Su caminata histriónica y exitosa me dio un muy buen augurio.

 

Dos besos por mejilla y un abrazo asfixiante bastaron para ser parte del equipo de Gretel.

 

Dejé mi abrigo y ella personalmente me llevó a conocer mi cuarto. Lo único que se podía oír eran sus stilettos golpeando el piso de madera y unas notas suaves de un piano lejano.

 

-Acomódate y vuelve a la sala del conservatorio-

 

El pasillo era interminable, había cuadros con rostros renacentistas sobre el empapelado verde de las paredes y candelabros de llama tenue. La mía era la penúltima puerta.

 

Casi me sale un grito involuntario cuando vi mi nuevo futuro espacio (no tan futuro).

 

Madera oscura, un tocador, el espejo más grande y lustrado que alguna vez conocí, una cama de doble plaza con cubrecama verde de seda, dos portavelas calados a mano, el pequeño baño y un ropero.

 

Me senté en el mueble del pie de cama y suspiré. No podía imaginarme en una habitación tan espaciosa. Estaba tan agradecido.

 

No alcancé a acomodar las herramientas en el tocador, que sentí dos golpes en la puerta. Estaba lista la cena.Me lavé la cara con agua fría, y rápido abrí el bolsillo exterior del bolso para sacar la carta que me heredó mi madre de su pensador favorito, es mi amuleto, lo llevo a todos lados y lo guardo bajo llave. Es un puño y letra de una de las tantas conferencias de Watts (Alan Watts) con enseñanzas de vida y superación personal aplicadas de una manera mágica.

 

En fin, abrí el armario y del último estante cayeron un par de pelotitas de naftalina, estaba lleno de frazadas de polar con patrones coloridos y pasados de moda.

 

Amo el perfume a naftalina.

 

Dejé el sobre entre medio de dos mantas y bajé al comedor.

 

La cena fue amena y prometedora, el pianista no descansó en toda la velada. Conocí a todo el equipo de la señora Burds, muy amables por cierto, y a sus mascotas. Seis gatas negras.

 

El único asiento vacío en el extenso tablón era el de Lupita, la curadora de pinturas al óleo de Gretel, no tuve el gusto de conocerla, hubiera sido enriquecedor compartir palabras, de curador a curadora, de curadora a curador. Pintura y escultura son inseparables.

 

Lo sé porque en la parte del respaldo de cada silla, había un sutil cartel de lata con el nombre de cada quien labrado. Sí, hasta los asientos estaban designados. Madame Burds era la única que se sentaba en la punta, por supuesto.

 

Sopa, plato fuerte, postre. El postre era siempre el mismo. Trufas y un pocillo con licor de café. Para dormir relajados, sostenía Gretel.

 

Esa noche dormí plácido. Ustedes no se imaginan lo que es entrelazar las piernas en una sábana de seda. El paraíso, por si no quedó claro.

 

Dos golpes en la puerta para despertarme. La ventana estaba empañada de arriba abajo por el rocío de la madrugada. Abrí las cortinas pesadas de un verde poliéster (para variar) y achiné los ojos por reflejo involuntario.

 

En el palacete nadie usaba pasta dental, cuidaban los dientes con bicarbonato de sodio, tuve días hasta acostumbrarme a tener polvo en la boca.

 

En Gretna no cantaban los gorriones, cantaban los cuervos.

 

Envuelto en mi pijama polar, mientras bajaba las escaleras, se podía sentir el desayuno de élite que estaba esperándome. El piano estaba callado, pero a cambio un jazz antiguo sonaba desde una de las vitrolas. Mis oídos bailaban de placer.

 

A Gretel le tenía respeto, además de ser mi matrona, era mi ejemplo. Estuvimos horas hablando sobre las nuevas técnicas anglosajonas de grabado en mármol, horas. Éramos dos aficionados. A ella yo le excitaba, pude darme cuenta apenas entable conversación. Olvidé decirte que soy muy intuitivo.

 

La madame no es de mi tipo, prefiero tenerla como mi mentora, mi pseudo figura materna.  (risas que se convierten en un par de lágrimas débiles)

 

Para empezar con el trabajo, debía ir al pueblo a comprar unas cuantas estecas y dos o tres devastadores.

 

Le pedí al chofer (chauffeur) que acordara un horario para sumarme en su viaje. Pequeño detalle que olvidé comentar. Gretel maneja por herencia una de las

 

compañías de traslados mortuorios y velatorios más grandes de toda Irlanda. Su vida y reconocimiento están en el arte, pero su dinero en lo cadavérico y silencioso.

 

Es irónico pensar que en sus cuadros solo retrata bodegones de naturaleza muerta.

 

Es viuda, su marido murió de manera repentina hace varios años ya. Se rumorea que ella lo envenenó con cianuro. No por su riqueza, sino porque ya no aguantaba su retorcida y aguda voz. Es un rumor, queda en cada quien creer (o reventar).

 

En fin, bocinas repentinas me avisaban que ya era hora de ir al pueblo. Esta vez me puse los auriculares y me apoyé de lleno en el asiento. Preferí bajar unas cuadras antes para conocer un poco los alrededores. Lugar anticuado, silencioso y frío, digo frío para no decir helado.

 

A lo lejos, si llegabas a concentrarte del todo, podías sentir las vibraciones y el molesto ruido de las industrias madereras. Culpables de arruinarme el ambiente pacífico.Ya volviendo de comprar mis menesteres, me topé con una cafetería que me llamó extrañamente la atención. Quizá su esencia me recordaba a mi anterior ciudad. ¿Me habré puesto nostálgico?

 

Bar Café La Cesira, decía en grande en un cartel de chapa con los colores ya desgastados y un intento de fileteado latino.

 

Volví a casa, de ahora en más lo era. Es raro pensar que tuve una vida antes de llegar al palacio.

 

Eran las primeras horas de la tarde, los jardineros estaban en el parque del frente arreglando los arbustos y regando los pensamientos violáceos esparcidos por todo el jardín.

 

Dentro de la sala común, estaban dos costureras cosiendo a máquina manual. Y por si tenían curiosidad, el piano ya estaba funcionando. El concierto de Vivaldi dirigía la atmósfera.

 

Los metres (maîtres) abrieron los postigos para que entre luz natural y para que así se esparciera el humo provocado por las cocineras que parecían casi mellizas, ambas con su pelo tres dedos arriba de los hombros.

 

El piso brillaba por el exceso de cera. Los muebles estaban bien lustrados. La gobernanta se encargaba de que todo esté etéreo.

 

Subí a mi habitación para buscar un abrigo y las herramientas, ya era hora de ponerme a trabajar.

 

En el pie de cama, estaba la ropa que utilicé en el viaje de ida, limpia, bien doblada y almidonada por demás. (el tacto era disfrutable)

 

Busqué mi bata de lanilla, y fui hacia el invernadero. Quedaba al fondo del jardín trasero de la mansión, era vidriado y allí además de mantener los pensamientos y alguna que otra planta oscura y exótica, estaba el atelier de reconstrucción plástica, mi taller, para ser franco.

 

No es para cualquiera cruzar un tramo extenso de seco pasto intercalado de lápidas precámbricas y herrumbradas.

 

Mi aliento parecía humo y mi nariz estaba roja. Acostumbrarme al frío no fue fácil. Conocer mi atelier, fue una cosa de otro planeta, lo recuerdo tan fresco. Evidentemente no por el taller, si no porque ahí la conocí a ella.

 

 

 

Lupita

 

Casi como una postal, en el ventanal empañado, entre plantas y estatuas estaba ella de espaldas. La piel más oscura que vi alguna vez, estaba calva y tenía una camisa ancha manchada de colores cálidos. Sus aros prominentes resaltaban su largo cuello. Estaba escuchando una dulce pieza de una electrónica étnica, llena de bombos y maracas, acompañado de unos sutiles movimientos en los pies. Sus labios carnosos brillaban con un sutil bálsamo, a mi parecer de coco, podía sentir el aroma de lejos.

 

Quede exorbitado, ¿Existe el amor a primera vista? (pregunta sin respuesta) No me salían las palabras.

 

Pisé una de las macetas a propósito para que sepa que estaba ahí presente. Siempre me molestó que me dieran la espalda. Pero es que su espalda era para admirar por horas.

 

Se volteó de manera brusca y antes de saludarme, me ayudó a recoger las cosas.

 

-Las primeras impresiones siempre son las más importantes, estrechemos manos, quizá nuestras huellas  permitan conocernos. Lupita, así sin más-

 

Me dió su mano, estaba tiesa y sus ojos expectantes me incitaban a hablar.

 

Mi voz se trababa, no pude decir mi nombre. Cuando rocé su piel se me abrillantaron los ojos. Apretó su mano tan decidida y segura de sí, tan enérgica.

 

Mis latidos iban acelerando. El contacto del tacto es uno de los más fuertes, uno de los más mágicos. Su calor corporal me saludó y me invitó a sentarme.

 

Fue la tarde más cálida de todas ¿irónico no? unos pasos atrás estaba temblando del frío.

 

Cinco o seis tazas de té bastaron para ponernos en sintonía, compartir taller es una gran hazaña.

 

Esa noche dormí bien, el sueño fue exquisito.

 

Me despertó el ruido de la helada. Abrir la ventana era convertir mis pupilas en una cámara profesional. Podría quedarme horas viendo el paisaje y sacando imágenes mentales. Todo estaba blanco, era la primera vez que veía copos caer de manera tan delicada.

 

Me vestí sportivo, y aproveché para salir a correr. La sensación de besar el frío no la considero de este planeta.

 

Decidí no ponerme los auriculares (raro de mi parte) quería conocer la ciudad, conocerla con los oídos.

 

Silenciosa. Más en nevada.

 

A lo lejos el canto de un grupo de cuervos. De cerca mis pasos quebrantando el hielo.

 

Adentrarme en el bosque, entre largos e imponentes pinos me hace sentir pequeño, pero pequeño físicamente, solo físicamente.

 

Me topé con millones de caminos bifurcados, no se vos, pero yo siempre prefiero ir por el izquierdo, lo encuentro más místico.

 

Del bosque al pueblo, del pueblo al bar. Me quedé un par de minutos admirándolo. Entré, me soplé la nariz de sobremanera y me senté en un desayunador que daba a la calle a esperar la mesera.

 

-Café negro sin azúcar, bien caliente por favor-

 

Me quedé lo que duró la taza. Me puse el abrigo y volví a salir.

 

El paladar me bailó como nunca antes, sensación casi sexual de sentir el grano molido entre los dientes. Evidentemente voy a volver.

 

Retornando al palacio, me topé con una cabaña de madera oscura. Siempre me caractericé por tener miedo, por quedarme con ganas de hacer cosas, por quedarme con ganas. Así que entré, no lo pensé.

 

Estética de antaño, muebles llenos de polvo y millones de telarañas. Estoy seguro de que este va a ser mi lugar privado, solo mío. Y de Lupita quizá (risas débiles)

 

Llegué, me puse el overol y fui al taller a curar unas nuevas piezas que habían llegado en barco el verano pasado.  Tuve que perfeccionar un rostro esculpido, las lágrimas de arcilla me dan cierta empatía. La expresión de tristeza se me hace familiar. La tristeza tiene una belleza específica.

 

Cuando volvimos a la casona y encaramos al comedor para cenar, la gobernanta contó con enigma que estábamos siendo acechados por una persona tétrica y sombría, de procedencia incierta (lo que es raro porque en Gretna se conocen todos de cerca)

 

Madame Burds dictó toque de queda en el terreno, después del crepúsculo teníamos que estar todos bajo llave en nuestras habitaciones. Los portones principales fueron forzados con trabas y dos altivos figurines de batalla controlaban el frente.

 

Gretel estaba siendo drástica. Pero la entendí, las ancianas se alarman de manera exagerada.

 

Con la panza llena y haciéndole caso a la jefa, tornamos cada uno a la cama. Precavido, me llevé una botella de vino cosecha tardía.

 

Mi cuadrado compartía la pared izquierda con el de Lupita, nunca me sentí tan afortunado.

 

Varias horas más tarde, cansado de estar mirando al techo tirado en la cama, abrí la ventana.

 

Casi al unísono la ventana del lado se abrió.

 

-Te vi emponchar un tinto por debajo de tu bata, destapalo y servime un poco- Exclamó Lupita con tono arrogante desde el otro lado de la pared.

 

Nuestras ventanas estaban a un brindis de distancia, literal, nuestras copas llegaban a chocarse. El cielo estaba lleno de estrellas, quedamos cotilleando y conociéndonos hasta la puesta del sol. La botella había quedado vacía y nuestra cordura también (sonrisa pícara)

 

Las próximas noches con restricción de horario,  fueron de charlas cautivas e interminables, de persiana a persiana y  de copa a copa (à votre santé!)

 

El vino se volvía más untuoso y dulce a su lado.

 

Llegué a pensar que me habían hecho algún conjuro, nunca fui un chico de amar desenfrenadamente. Me consideraba bastante frío, como el clima de mi ciudad.

 

La veía hasta en mis sueños.

 

La rutina era casi perfecta, levantarme, ir a correr, pasar tiempo en mi guarida segreta, tomar café en el bar, y esculpir con el único objetivo de que el tiempo vuele para cerrar los ojos, abrirlos y estar bajo el cielo oscuro con una copa del licor que sirvieran esa noche, hablando con ella, escuchando su voz, riendo, siendo.

 

Siendo.

 

A tal punto que todo pasó a segundo plano. Los jardineros, las cocineras, los maitres, todos me dieron igual.

 

 

 

Sombra

 

Empecé a quedarme trabajando en la cabaña, en el bar tomaba hasta cuatro tazas de café para no verla tan seguido y crear historias de amor que no eran ciertas.

 

¿Te había contado que era muy intuitivo no? Estaba seguro que Lupita no sentía lo mismo, que no era mutuo. No más no quería aceptarlo. No quería cargar con ese dolor indescriptible, inhumano del amor no correspondido.

 

Pero tuve que hacerlo.

 

Días después, de trabajar codo a codo, pasear por el bosque, dialogar hasta irnos a dormir; decidí ser sincero. Soy fiel creyente que el amor no puede ser censurado, la censura me da asco.

 

Expresar el sentimiento de amar incondicionalmente a una persona es lo más liberador que alguna vez experimente (no feliz, liberador, no confundas)

 

Le pedí con vergüenza que confiara en mí. La llevé a la cabaña por primera vez, estaba tan contento. No porque conociese la casa antigua y descuidada, sino porque era una forma de compartir un poco de mi corazón con ella. Le propuse pasar de volver al palacete y quedarnos a dormir allí. Horas antes había llevado un manojo de velas y un par de mantas.

 

Asintió con la cabeza llena de ternura.

 

Todo fue de maravillas, partimos y comimos unas cuantas nueces, prendimos el hogar con unos troncos que recogimos en el borde del forestal y prendí mi grabadora con un enganchado de música ancestral.

 

Todo fue realmente mágico.

 

Yo casi dormido, tirado en la alfombra del suelo observe como ella sentada al frente del fuego se entristeció y bajó la mirada. Obvio, cerré los ojos  y no reaccioné.

 

De pronto, me miró para asegurarse que yo durmiera, se puso de espaldas a mí y se sacó su camisa. Me di un trago profundo.

 

Tuve el impulso de tocar sus vértebras sobresalidas, estuve a punto de derretirme de amor, pero no me animé.

 

¿Se puede morir de amor?

 

 Hoy sigo vivo, pero mi espíritu me dejó, se apagó. Te vuelvo a repetir, amar desesperadamente a alguien que no te ama de igual forma es de alguna manera una muerte.

 

Dormimos.

 

Sabíamos que al llegar al castillo íbamos a recibir un sermón largo y aburrido. Escaparnos estaba mal. Ambos asumimos el riesgo y disfrutamos de esa cuota de hacer algo prohibido. Nos hizo sentir vivos.

 

La mañana siguiente, Miércoles, desperté con su voz de fondo, tarareando una canción mientras doblaba y guardaba las frazadas en la bolsa. Yo me sentía en una película, abrí los ojos sonriendo.

 

Nos saludamos y antes de que entablemos alguna burda pero divertida conversación, se puso de espaldas y me dijo rápido sin dejar espacios que ella era diferente y que tenía miedo que la abandone.

 

Yo entredormido y confundido fruncí el ceño pidiendo una aclaración.

 

 -Me gustan las mujeres- Y antes de terminar la oración se echó a llorar desconsoladamente. Lo intuía, nunca se fijó en mí.

 

Con un dolor desgarrador fui y la abracé, intenté dejar todas mis fuerzas.

 

-Me estás asfixiando- Dijo con la poca voz que le quedaba. Y nos largamos a reír.

 

Conversamos unas horas sobre el tema y le aclaré que nunca me iba a ir de su lado.

 

Es irónico, nunca pude decirle lo que yo sentía (cae una lágrima al suelo).

 

En mi tiempo libre comencé a trabajar en la cafetería, el lugar me hacía sentir

 

mejor realmente, tenía un aura tan pacífica y serena.

 

Si no la veía no sentía nada, pasé días siendo de piedra, no tenía expresiones ni sentimientos.

 

Lupita era mi respirador, soy autodestructivo. Me dolía verla, pero no verla me dolía aún más.

 

Casi al final del invierno, la amistad ya estaba casi desapareciendo.

 

Si yo no estaba arreglando esculturas, estaba sentado frente a la hoguera de la cabaña, esperando que pasen las horas. Las manos cada vez más cerca del fuego.

 

Me quemé, intencionalmente. Para sentir algo, algo real. (Suspiro profundo)

 

El tiempo pasó, ella se convirtió en el recuerdo de un momento intenso en mí. Los últimos días libres la veía desde la ventana jugar a la pelea de nieve con su nueva amiga. (su nueva amiga)

 

La noche anterior al feriado fue dura, yo estaba cargado de trabajo, entre la casona y el bar apenas podía respirar. Admito que reaccioné exagerado y de mala manera.

 

No importa lo que pasó, lo que sí importa es que discutimos fuerte, dio un portazo y se fue a dormir.

 

Al otro día, como lo tenía libre, me di el gusto de despertar tarde. No la vi más. Por culpa de la pelea no pudo contarme que esa, era su última noche.

 

Madame Burds le consiguió una beca en una escuela consagrada en Michigan para que pudiera terminar sus estudios.

 

Yo estaba vacío, realmente vacío.

 

Es una emoción que no se suele sentir. El vacío duele. Duele porque es silencioso.

 

 

 

Desamor

 

Con los pies colgando del marco de la ventana y la copa vacía girando en mi mano entendí que esos pequeños momentos eran los que me hacían ser yo. Era nuestro lugar privado, dos ventanas, un brindis de distancia y nuestras risas mirando el amanecer.

 

Como extraño el ruido de las copas chocar (lágrimas)

 

Los siguientes días estuve roto. Como esas vasijas de porcelana que están agrietadas. Gretel se da cuenta de todo, pude sentir un acercamiento, me estaba consintiendo más de lo normal.

 

- Está bien estar roto, está bien sentirse agrietado, si no ¿Por donde entrará la luz?- Expresaba con voz dulce mientras me acariciaba la espalda.

 

No merezco tenerla. A Gretel digo.

 

Es difícil que algo tan corto en cuestiones de tiempo pero tan intenso en cuestión de emoción, desaparezca de un día para el otro, como si nunca hubiese existido.  No era yo, mi cuerpo era ajeno a todo lo que sentía.

 

Sabía que estaba en la oscuridad, sin embargo, me acostumbré a no salir de ella.

 

Ni me lo digas, sé que está mal compararse. Es que me siento tan estancado. Todos avanzan, Lupita avanza, la vida avanza, y yo moliendo café y curando obras ajenas. (suspiro intenso y sentido)

 

En el tocadiscos de la habitación sonaba en bucle una de las sesiones de Bach (Baj). Yo estaba sentado en el suelo con las manos apoyadas en las rodillas y los dedos apretando fuerte contra las palmas de mis manos hasta que mis uñas se tatuaran en ellas.

 

Lágrimas desbordantes y soledad.

 

Las noches eran crueles, más con el toque de queda.

 

Por momentos se escuchaban ruidos extraños y de lejos la reja oxidada del palacete abriéndose.

 

Turbio.

 

Silencio.

 

Del trabajo al taller, del taller al trabajo. Ya no podía ni acercarme a la guarida, ni correr por el bosque.

 

Gretel estaba siendo amenazada por cuestiones económicas y todo el castillo corría peligro.

 

Al final el enigma se resolvió gracias a la pandilla de sicarios de Madame. Sangre fría.

 

 

 

Luz

 

Un año después viéndolo desde otra perspectiva, la recuerdo con mucho cariño, al fin y al cabo, Lupita me hizo sentir, lo que nunca antes había experimentado. La mesera de la cafetería dijo algo que me quedó grabado en lo profundo de la psiquis. Es más, en algún lado sigo teniendo una servilleta escrita con birome de las palabras textuales de ella

 

-Todo pasa por algo, las personas que se cruzan en tu vida no son en vano, siempre te enseñan-

 

Hoy puedo decirte que maduré, puedo canalizar lo que siento de manera sana. Gretel pasó a ser mi familia. Sigo guardando el sobre de mi madre con mucho amor. A mi hermana y sobrinos les mando algunas cartas de vez en cuando.

 

En la cafetería me va bien, me siento bien. Esculpiendo soy yo.

 

Es increíble pensar lo devastador y tóxico que puede llegar a ser uno mismo. Estaba cumpliendo mi sueño, vivir solo, trabajar de lo que realmente amo, conocer culturas y vistas diferentes, ajenas a todo lo que me tenía harto. Sin embargo, ser humano retorcido, peste, busqué la forma de arruinarme y apagarme.

 

La vida tiene eso inexplicable, hay que saber tomar las buenas enseñanzas.

 

Te aseguro que después de algo triste viene la felicidad, y que después de tocar fondo solo queda subir. Cuando te sientas estancado, oscuro y derrotado, sin fuerzas, sin motivación; buscá encontrarte. (en lo profundo, vos sabes cómo)

 

Contemplar todo desde el nivel más alto de conciencia es la razón de porque

 

escribo mis miserias, y de porque quiero que las leas.

 

Redacto esto con un café negro en la mano (sí, bien caliente y sin azúcar)

 

 

 

Mi nombre no importa, tal vez sea una simple memoria. Te pido que me

 

recuerdes, no me olvides.  No dejes que me convierta en un mundano texto de autoayuda. Soy más que eso, soy yo, soy vos, tu alter ego. O quizá no soy nadie.

 

Por favor.


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